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      05/10/2015  
     
    VIVIR ENTRE VOLCANES: LOS VOLCANES DE MÉXICO... REPORTAJE

     
      Los volcanes son la manifestación más evidente de que vivimos sobre un planeta vivo, un planeta activo”, dice el vulcanólogo Ramón Espinasa Pereña.

     
     

    Sucedió hace poco. Hace casi 71 años. Aun así, no es una historia que muchos recuerden. Quienes en aquel entonces eran niños y jóvenes quizá la hayan olvidado. Es muy probable que aquellos que aún no nacían ni siquiera la conozcan. Pero ocurrió y podría repetirse.

    El 20 de febrero de 1943, el campesino Dionisio Pulido se preparaba para quemar zacate cuando oyó algo parecido a un trueno, miró cómo los árboles temblaron y sintió el desconcierto que deja la incertidumbre cuando notó que su campo de cultivo “se hinchaba”. Así lo contó después a periodistas y escritores que viajaron a Michoacán —entre ellos José Revueltas— para reportar el nacimiento de un nuevo volcán en México.

    Lo bautizaron como Parícutin, el mismo nombre del pueblo cuyos habitantes tuvieron que emigrar cuando sus casas, sus tierras y sus vidas se llenaron de lava y ceniza; cuando recordaron lo que es vivir entre volcanes. La misma historia había sucedido 184 años atrás. A 75 kilómetros de ahí, durante el otoño de 1759, nació el Jorullo. Y así se espera que algún día, tal vez en una década, en 50 años o mucho, mucho tiempo después, nazca un nuevo volcán en esta región.

    No se trata de una predicción banal. Los científicos dedicados al estudio de estos gigantes saben que ocurrirá.

     

    Bajo el volcán

     

    En México se levantan volcanes que han inspirado leyendas de amor inconcluso, que se han convertido en protagonistas de poemas y novelas; gigantes portentosos que captaron la atención de artistas como José María Velasco, Saturnino Herrán, Gerardo Murillo —conocido como el Doctor Atl—, Diego Rivera o Jesús Helguera.

     

    Los volcanes son la manifestación más evidente de que vivimos sobre un planeta vivo, un planeta activo”, dice el vulcanólogo Ramón Espinasa Pereña.

    Historiadores y científicos han dicho que esta “es una tierra de volcanes”. La frase no es solo un recurso literario. Justo debajo del territorio que recibe el nombre de México interactúan las placas oceánicas de Rivera, de Cocos y Norteamericana. El choque de estas placas ha formado lo que se conoce como la Faja Volcánica Transmexicana, un camino de volcanes que atraviesa el país a todo lo ancho, como si se tratara de un cordón colocado justo en su cintura.

    En el centro de México, pero también en algunas partes del sureste y del norte se vive entre volcanes, o en lo que ellos han dejado. “La tercera parte del país está cubierta por rocas volcánicas”, apunta el vulcanólogo Hugo Delgado Granados, investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM.

    Nuestro país puede presumir de que en su territorio habitan varios gigantes, el más grande es el Citlaltépetl o Pico de Orizaba, con sus 5,675 metros sobre el nivel del mar y uno de los pocos que aún conserva sus glaciares. Nuestro país también puede decir que en un siglo vio nacer a dos volcanes: el Parícutin y el Bárcena (este último emergió en 1952 en la isla San Benedicto, en el archipiélago de Revillagigedo). Más aún,  en sus aguas territoriales también hay volcanes marinos que se asoman en forma de isla, como el Evermann, en la Isla Socorro, con una altura similar a la del Nevado de Toluca.

    En México hay más de 2,000 edificios volcánicos, resalta el geólogo Ramón Espinasa Pereña. A ellos hay que sumar los llamados “campos volcánicos”, regiones en donde se levantan cientos, y en algunos casos miles, de volcancitos.

    Y aunque este país es prolífico en volcanes, aún es muy poco lo que sabemos sobre su vida interior. De los poco más de 16 que se consideran activos (algunos investigadores dicen que podrían ser más de 20), solo seis tienen instalados instrumentos para su monitoreo.

    Hay muchos volcanes en México que deberían ser estudiados y, sin embargo, no tienen ni un solo instrumento”, dice Gabriel Reyes Dávila, director del Centro Universitario de Estudios e Investigaciones de Vulcanología de la Universidad de Colima. Estudiarlos, monitorearlos, ayudaría a prevenir desastres. Permitiría conocer más sobre esos gigantes que son nuestros vecinos y que, a veces, se nos olvida que están ahí.

    Cuando el volcán “tronó”

     

    Sucedió hace poco. Hace casi 32 años. Aun así, no es una historia recordada por muchos. Quienes no la olvidan son los indígenas zoques que el 28 de marzo de 1982, a las 23:15 horas, despertaron por el estruendo que acompañó a la explosión que hizo volar el domo del cráter del volcán Chichón, también llamado Chichonal. Eso pasó en Chiapas, aunque el suceso tuvo implicaciones mundiales.

    Los aerosoles producidos por esta erupción (partículas muy finas que llegaron hasta la estratosfera) dieron la vuelta al mundo y provocaron algunos cambios en el clima. “Fue una de las primeras erupciones en las que se utilizaron satélites para localizar estas partículas”, explica Miguel Alatorre, vulcanólogo del Centro de Investigación en Gestión de Riesgos y Cambio Climático de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.

    Fermín Domínguez Sánchez tenía 16 años cuando supo lo que es vivir entre volcanes, cuando el Chichón hizo erupción. él habitaba en una de las ocho poblaciones destruidas; fue uno de los 20,000 damnificados que dejó lo que hoy se considera el mayor desastre de México, provocado por un volcán.

    —El ruido comenzó como a las nueve o diez. Después empezó a tronar duro, duro. Se miraban como luces de bengala. Olía a piedra quemada. Se veía clarito que el fuego venía del volcán. Nos agarró de improviso. Nos salimos y nos fuimos caminando a Chapultenango. Hay colonias que no pudieron salir, como San Juan Bosco, allá murió mucha gente. Como estaban en la falda del volcán, se les vino el fuego y no pudieron salir.

    Y aunque la erupción ocurrió oficialmente ese 28 de marzo de 1982, el desastre se construyó mucho antes, comenzó cuando olvidaron que el Chichón era un volcán activo.

    Desde la década de los treinta, el geólogo alemán Federico K.G. Mulleried dio voces de alerta: esa montaña, dijo, es un volcán activo. A principios de los ochenta, geólogos de la Comisión Federal de Electricidad realizaron un estudio en el que señalaban lo mismo, pero su información se guardó en un reporte interno. Los datos del sismógrafo colocado en la presa de Chicoasén, que mostraban un aumento en la actividad sísmica de la región, también quedaron archivados. “Dos años antes ya había síntomas de que ocurriría una erupción, porque aumentó la sismicidad. Lamentablemente no fue advertida”, dice la doctora Silvia Ramos, coordinadora de monitoreo vulcanológico-sismológico de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.

    Fermín, campesino e indígena zoque, recuerda lo que pasaba con el volcán antes de que tronara:

    —Cuando yo era niño, veía cómo echaba humo. Después dejó de echar. Y empezó el temblor. Temblaba una vez al día, luego en la noche. Poco antes de la erupción, eran más duros. Eran cinco, diez veces al día. En la noche se sentía más.

    Ninguna autoridad reparó en que el Chichón estaba despertando. Ni siquiera porque el 19 de marzo ya eran demasiados los sismos. El 28 de marzo, los zoques supieron lo que era una erupción; muchos quedaron bajo los flujos piroclásticos (avalanchas de roca caliente, cenizas y gas) que cubrieron cerca de 18 kilómetros.

    Las cifras oficiales dicen que murieron 2,000 personas. La gente de la zona sabe que fueron muchos más, quizá el doble.

    —En mi familia fallecieron varios. ¿Cuántos? Pa’ saber. éramos bastantes. Mi tío Gregorio murió con sus siete hijos; mi tía Rosa, igual, tenía como ocho niños. Solo uno de sus hijos se salvó —recuerda Adelina Ovando, de 56 años.

     

    —La comunidad quedó pura arena —añade Fermín—.Estaba como desierto. Así se miró como siete u ocho años. Como desierto.

     

    Manantiales de fertilidad

     

    Alrededor del Chichón ya no hay desierto. El gris ya no está.

    A fines de 2013, los tonos de verde matizan el paisaje.

     

    La comunidad más cercana al Chichón es pequeña. Se llama Viejo Volcán y en ella habitan algunas de las familias damnificadas, que emigraron por la erupción, pero que decidieron regresar a su tierra. Desde esta comunidad se tiene que caminar, por lo menos, tres horas para llegar al cráter del Chichón. Es preciso cruzar ríos, cuyas aguas cubren las pantorrillas. Es necesario atravesar pequeñas barrancas en donde se encuentran grandes helechos. Hay partes en donde los pastos llegan hasta las rodillas. Nadie pensaría que hace 32 años, esto era pura destrucción.

    Las cenizas y lava que deja una erupción contienen minerales que revitalizan los suelos y los hace fértiles. Por eso, alrededor del Chichón ahora hay tanta vida. Por eso, las tierras de Michoacán, Puebla, Estado de México, Colima, Jalisco, Nayarit, Tlaxcala, Veracruz, Chiapas y otros estados del país son tan fértiles.

    Vivir entre volcanes tiene ventajas, y eso lo sabían las culturas prehispánicas que se asentaron a sus pies.

    El arqueólogo Arturo Montero, quien desde su disciplina se ha dedicado a estudiar las altas montañas, recuerda estudios donde se sugiere que Teotihuacán se levantó donde hoy están sus restos, por culpa del Xitle, porque su erupción obligó a los habitantes de Cuicuilco a emigrar y abandonar el lugar.

    En sus exploraciones arqueológicas en el Iztaccíhuatl, el Popocatépetl o el Nevado de Toluca, Montero ha encontrado sitios y objetos que muestran que desde inicios de la era cristiana existe una relación ritual con los volcanes: se les lleva ofrendas y se les agradece que sean proveedores de fertilidad y agua.

    Eso aún lo hacen algunos pobladores de Santiago Xalitzintla, Puebla. Cada 12 de marzo, en una especie de peregrinación, suben hasta una cueva del Popocatépetl, ubicada en una zona conocida como El ombligo, para llevarle música, un traje y comida. De paso, le piden una buena temporada de lluvias para las cosechas. El 30 de agosto, la ofrenda se la llevan a “la volcana”, al Iztaccíhuatl.

    Es tal la relación que los mexicanos tenemos con los volcanes, dice el vulcanólogo Hugo Delgado Granados, que incluso nos los comemos: “Cuando una salsa se muele en un molcajete hecho con roca volcánica, se integran en ella pequeños trocitos de lava solidificada. Así que nos comemos la lava sin darnos cuenta”.

     

    Dormido, activo o extinto

     

    Los volcanes tienen la costumbre de dormir por mucho tiempo, por unos 100, 600 o 1,000 años, y después empezar una nueva etapa eruptiva”, comenta Vyacheslav Zobin, investigador del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima.

    ¿Cómo saber que un volcán está dormido, que tiene probabilidades de hacer erupción, si muchos de ellos no muestran signos de vida? De acuerdo con la Asociación Internacional de Vulcanología y Química del Interior de la Tierra (IAVCEI, por sus siglas en inglés), un volcán se considera activo cuando ha tenido actividad eruptiva en los últimos 10,000 años. “El número de volcanes activos en México va cambiando. Hay algunos que se creen extintos, pero cuando se hace trabajo de investigación se encuentra que han tenido erupciones en tiempos relativamente cortos”, explica Hugo Delgado Granados.

    Así sucedió con La Malinche, montaña emblemática de Tlaxcala que se creía un volcán apagado. Científicos del Instituto de Geofísica de la UNAM verificaron que no es así y se sumó a la lista de volcanes activos. Su última erupción ocurrió hace aproximadamente 3,100 años.

    Hay dos formas de saber en qué fecha un volcán tuvo alguna erupción. La primera consiste en buscar en los registros históricos. En México, los documentos más antiguos son los códices y las crónicas de los misioneros. Pero, ¿cómo saben los científicos si un volcán tuvo una erupción hace 8,000 o 5,000 años? En el libro México, tierra de volcanes, Hugo Delgado Granados lo explica:

    Cuando las erupciones ocurren pueden quemar la vegetación, sepultar árboles y carbonizarlos. Con la muerte de la materia orgánica cesa el intercambio con el ambiente de oxígeno y dióxido de carbono; este, entonces, deja una huella indeleble en la materia muerta, una especie de firma que permite, con los instrumentos adecuados, medir cuánto tiempo ha pasado desde su muerte. De esta manera podemos saber cuándo ocurrieron las erupciones, ya que los piroclastos y lavas suelen quemar y sepultar árboles y plantas. En otros casos, los materiales contienen elementos radiactivos que, con el paso del tiempo, dan lugar a otros, y quienes se dedican a estudiarlos saben el tiempo que tarda esa transformación. Al medir las cantidades del elemento original y del resultante, se puede calcular la edad de las rocas, la edad de las erupciones”.

    En cierta forma, se trata de “leer” la historia que está guardada en las rocas que dan forma a los volcanes.

    Así que de acuerdo con la definición de la IAVCEI, entre los volcanes activos de México están el Ceboruco y San Juan en Nayarit; el Pico de Orizaba y San Martín, en Veracruz; La Malinche, en Tlaxcala y Puebla; Tres Vírgenes, en Baja California; Evermann y Bárcena, en el archipiélago de Revillagigedo; Chichón y Tacaná, en Chiapas; el Jocotitlán, en el Estado de México; el Derrumbadas, en Puebla, el Tancítaro, en Michoacán, el Iztaccíhuatl, ubicado en la frontera del Estado de México y Puebla. Por supuesto que también están el Popocatépetl y el Volcán de Colima, los dos volcanes que actualmente viven un periodo de actividad eruptiva. En esta lista, además, está el Nevado de Toluca, en el Estado de México, el cual recientemente captó la atención porque se cambió su estatus legal: ya no es un Parque Nacional, ahora es área de Protección de Flora y Fauna.

    En el Nevado de Toluca hay zonas muy inestables, propensas a derrumbes. Cambiar el estatus implica que esa zona ya no tendrá la misma protección; si no se detalla con cuidado esto, se estaría construyendo un riesgo importante”, explica Ana Lillian Martín del Pozzo, investigadora del Instituto de Geofísica de la UNAM. “Debemos saber cuáles áreas se deben poblar y cuáles no”, insiste.

    Uno debe estar consciente de dónde se está parado. Qué hay debajo de los pies de uno”, dice el vulcanólogo Gabriel Reyes.

    Ignorar a un volcán puede costar caro. Ahora mismo, por ejemplo, está por comenzar la construcción de un gaseoducto que cruzará los estados de Puebla, Tlaxcala y Morelos. De acuerdo con el mapa de peligros del Popocatépetl, algunas de las zonas por las que pasará ese gaseoducto son propensas a lahares (flujos de lodo) en caso de una erupción.

    Como dicen los científicos, el riesgo se construye.

     

    Aquí crecen volcanes

     

    ¿Si el Parícutin hizo erupción hace casi 71 años, por qué no es considerado un volcán activo?

    El Parícutin vivió poco. Presentó actividad eruptiva durante nueve años. En 1952 se apagó. A este tipo de volcanes que nacen y solo tienen una erupción en su vida se les conoce como monogenéticos. Volcanes de este tipo hay muchos en el país; de hecho, son los que más abundan. La mayoría de ellos se encuentran en los llamados campos volcánicos y “es muy baja la probabilidad de que vuelvan a hacer erupción”, explica Hugo Delgado Granados. Esto se debe a las condiciones de la región en la que nacen.

    En los campos volcánicos, “las condiciones de agrietamiento de la corteza terrestre son de tal forma que el magma no asciende por un solo lugar, sino por varios sitios. Por eso nace un volcán en otra área de esa región. En estos casos, no se considera al volcán activo, sino a toda la región”.

    En el campo volcánico de Michoacán-Guanajuato —donde existen alrededor de 2,000 volcancitos— los científicos esperan que nazca un hermano del Jorullo y el Parícutin. No es la única región de México en donde la tierra podría “hincharse”. En el país existen alrededor de 10 campos volcánicos, explica Ramón Espinasa Pereña, subdirector de riesgos geológicos del Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred).

    Uno de ellos es el campo volcánico del Chichinautzin, el cual se extiende al sur de la Ciudad de México. En esta región se han contabilizado entre 300 y 320 volcanes; los más jóvenes son el Xitle, el Teutli y el Chichinautzin.

     

    Otros campos volcánicos están en Los Tuxtlas y alrededor de la ciudad de Xalapa, Veracruz; en Valle de Bravo, Estado de México, y en el Pinacate, Sonora.

    Las partes activas de los campos volcánicos tienen la peculiaridad de que siempre existe la probabilidad

    —por pequeña que esta sea— de que un volcán surja en cualquier parte de su extensión”, escribió Hugo Delgado en el libro Los volcanes de México.

    Estos campos son muy difíciles de monitorear —dice Ramón Espinasa—,  ahí tenemos un reto científico”.

    Cada año, investigadores del Instituto de Geofísica de la UNAM reciben alrededor de cinco alertas de un supuesto nacimiento de un volcán. Hasta ahora, todas han sido falsas alarmas. Muchas veces se trata de montículos que se crean en zonas que antes fueron rellenos sanitarios.

    Para los vulcanólogos, observar el nacimiento de un volcán sería algo parecido a sacarse la lotería. En el libro Los volcanes de México, Hugo Delgado explica: “Normalmente, el surgimiento de un volcán monogenético no debería presentar grandes problemas dado que los volúmenes de material que emiten son pequeños pero, lamentablemente, las zonas de riesgo están cada vez más pobladas y esto puede ocasionar que incidentes menores se conviertan en peligros mayores”.

     

    Un servicio vulcanológico

     

    Al sur de la Ciudad de México, a un lado de Ciudad Universitaria, justo encima de las lavas petrificadas que hace casi 2,000 años dejó la erupción del Xitle, está el edificio del Centro Nacional de Desastres (Cenapred). En el primer piso sobresale un cuarto rectangular grande donde hay computadoras y aparatos que registran la actividad sísmica del Popocatépetl. También hay monitores que muestran al volcán en tiempo real. Cuatro cámaras vigilan, las 24 horas, a este gigante. Ocho estaciones sísmicas registran sus movimientos internos. Para conocerlo mejor también se monitorean las deformaciones que sufre, se toman muestras del agua de sus manantiales y se miden sus emisiones.

    Cuando el volcán entró en periodo eruptivo, en 1994, comenzó su monitoreo constante. Años antes, algunos investigadores ya habían alertado sobre el incremento de la actividad fumarólica e insistían en la necesidad y urgencia de instalar más aparatos de supervisión en el Popocatépetl.

    Ahora, los vulcanólogos del país insisten en la importancia de vigilar otros volcanes activos.

    En México, este monitoreo debería realizarse en, por lo menos, 14 de los volcanes, asegura Ramón Espinasa. “Así como hay un Servicio Sismológico y un Servicio Meteorológico, sería importante que se estableciera un Servicio Vulcanológico Nacional”.

    Al parecer ya están en camino de crearlo. En los últimos meses, personal de Cenapred ha realizado reuniones con investigadores que estudian algunos volcanes para comenzar a integrar lo que será el Sistema Nacional de Alertas, en el que se incluirá la creación de un Servicio Vulcanológico Nacional.

    Este servicio tendría que contemplar la ampliación de la red de monitoreo, y abriría la puerta para hacer los mapas de peligro para cada uno de los volcanes activos. También tendría que prever el mantenimiento y la modernización de los equipos ya instalados. “En la alta montaña se presentan muchos problemas con los equipos. Les caen rayos. Y eso es lo que sucede con nuestros volcanes, falta mantenimiento a los equipos”, comenta Ana Lillian Martín del Pozzo.

    No solo se dañan por las condiciones climáticas. Estos equipos también han sido robados, como sucedió hace unos meses en el volcán Tacaná, donde se llevaron un sismógrafo.

    Y son estos aparatos precisamente los que podrían anunciar la reactivación de un volcán, son equipos fundamentales en la prevención de desastres. “Cuando un volcán se reactiva hay una serie de sismos volcánico-tectónicos que nos avisan sobre un movimiento de magma en el interior de ese volcán. Si existen esas señales, se puede esperar una erupción. Con las señales sísmicas podemos decir si hay peligro para la población. Estas señales nos informan sobre el tipo de actividad volcánica y su intensidad”, explica Vyacheslav Zobin.

    Por la importancia que tienen estos equipos, vulcanólogos como Ramón Espinasa señalan que en todos los volcanes activos del país deberían tener, como mínimo, tres sismógrafos.

    Un Sistema Vulcanológico Nacional ayudaría a que el país esté más preparado cuando alguno de ellos decida despertar y nos recuerde que vivimos a sus pies y, a veces, en sus laderas.

    Paulino Alonso Rivera, subdirector de instrumentación y comunicaciones, explica que como parte del Sistema Nacional de Alertas se busca tener un laboratorio en el Cenapred en donde se esté recabando, en tiempo real, la información de todos los volcanes que impliquen un riesgo para los habitantes del país. Alonso Rivera menciona un dato que muestra la urgencia de un Servicio Vulcanológico Nacional: 60% de la población del país está expuesta a un volcán con distinto grado de actividad.

     

    El más activo de los muchachos

     

    Si algo caracteriza el paisaje de la ciudad de Colima es su volcán. Un gigante de 3,860 metros sobre el nivel del mar que, si no está cubierto por nubes, siempre se le mira en el noroeste, como un vigilante despierto. Desde 1998 entró en actividad eruptiva y, desde entonces, no ha dejado de tener pequeñas explosiones.

    Es el volcán más activo de México. Estamos teniendo de 12 a 15 explosiones por día. En el último año ha evolucionado de manera estable, pero no podemos bajar la guardia, porque la naturaleza puede cambiar en cualquier momento”, dice Gabriel Reyes.

    Este volcán fue el primero en tener un equipo de monitoreo sísmico. Comenzó a funcionar en 1985, aunque fue hasta 1989 cuando se comenzó a estudiar en forma permanente, explica Gabriel Reyes Dávila, director del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima.

     

    En la actualidad hay nueve estaciones sísmicas a su alrededor. Además, cuenta con sistema de cámaras de video que, durante las 24 horas, ofrece ocho imágenes del volcán. Gracias a este monitoreo ha sido posible observar “cómo cambia y cómo fue el crecimiento de un nuevo domo este año”, explica Mauricio Bretón, investigador responsable del sistema de monitoreo visual, del Observatorio Vulcanológico de Colima.

    Los volcanes son como pacientes. Se les mide la presión, el flujo de su respiración. Se les toma la temperatura. Al monitorear su sismicidad, haga de cuenta que estamos midiendo los latidos de su corazón”, explica Gabriel Reyes.

    Este volcán, como todos, también tiene su historia.

    Sucedió hace 100 años. Exactamente el 20 de enero de 1913, el Volcán de Colima presentó una erupción pliniana; es decir una explosión violenta que formó una gran columna eruptiva; las cenizas que arrojó llegaron hasta Saltillo, Coahuila. Sus flujos piroclásticos alcanzaron una distancia de 12 kilómetros.

    Cien años atrás, en 1818, este mismo volcán presentó una erupción similar. En aquel entonces, sus cenizas llegaron hasta la Ciudad de México, explica el geólogo Carlos Navarro, del Observatorio Vulcanológico de Colima.

    La historia muestra que al Volcán de Colima —llamado también Volcán de Fuego— le gusta tener una gran erupción cada 100 años. Y de acuerdo con esa historia, ese ciclo estaría a punto de repetirse. ¿Es posible saber cuándo sucederá? ¿De qué magnitud será?

    Los científicos coinciden: un volcán dormido, que está a punto de despertar, presenta señales muy claras que alertan sobre su pronta erupción. Cuando un volcán ya tiene actividad eruptiva —como el de Colima o el Popocatépetl— es más difícil determinar con precisión cómo será su comportamiento.

    Lo que sí creen algunos investigadores, entre ellos Carlos Navarro, es que si se presenta una gran erupción esta será de menor magnitud que las de hace 100 y 200 años. “Cuanta más agua tenga el magma, más explosivo será. Es posible saber la cantidad de agua por los minerales presentes en las rocas que lanza. Los análisis químicos muestran que, a partir de los años sesenta y hasta la fecha, la concentración de agua es baja. Eso hace pensar que la próxima erupción será de menor magnitud”. Aunque con los volcanes nunca se puede estar seguro.

     

    “¿El volcán? él no nos preocupa”

     

    Es un miércoles de finales de noviembre. Son casi las 10 de la mañana y en la comunidad de La Yerbabuena no se mira ni un alma. La plaza central, con su quiosco y sus bancas pintadas de blanco, está muy limpia, muy cuidada. A unos pasos de ahí está la escuela primaria Juan Escutia, con su cancha de basquetbol. Los seis alumnos y la maestra que están en el único salón apenas si hacen ruido. En uno de los muros del aula está pintado un paisaje multicolor. Y claro, tiene la imagen de un volcán.

    Los niños y la maestra cuentan cómo es vivir a los pies del volcán de Colima:

    —Por las tardes cambia de color, se mira rojo. De noche se ve cómo avienta piedras. Me gusta ver eso. Se mira rojo —dice Jeyvi Alonso, de 13 años.

    —A veces se oye como ruge. Se escucha fuerte. Ayer echó una fumarola y sonó recio —cuenta Edwin Ciprián, de seis años.

    —Mis papás dicen que no tenemos que tenerle miedo. Que no va a pasar nada. Que acá no va a pasar nada, que todo se va a ir para el otro lado de la barranca —explica Jeyvi, la mayor de los seis niños que toman clases en esta escuela. Casi todos son parientes, hermanos o primos.

    —A mí no me da miedo el volcán. Siempre ha tronado, echado brasas y se sienten temblores. Yo vivo en una comunidad que está más abajo; aun así, en mi familia ya tenemos las maletas listas, por si pasa algo —asegura María Rosario, maestra de 25 años que cada semana viaja a La Yerbabuena para dar clases a los niños de la pequeña comunidad.

    En teoría, La Yerbabuena debería estar abandonada. Nadie debería vivir aquí desde el año 2002, cuando el comité científico recomendó reubicar a las cerca de 60 familias y el gobierno estatal construyó 49 casas en otro poblado llamado Cofradía de Suchitlán.

    Los científicos recomendaron desalojar La Yerbabuena porque, de acuerdo con sus estudios, la comunidad se construyó encima de una zona que recibió flujos piroclásticos durante la erupción de 1913. Hasta ahora, los investigadores alertan que si el Volcán de Colima presenta una erupción pliniana, las rocas y cenizas podrían llegar hasta el lugar.

    Algunos escucharon a los científicos y se fueron. Unas 50 familias, alrededor de 160 personas, se reubicaron. Diez familias, unas 54 personas, decidieron quedarse y ampararse ante la posibilidad de ser desalojadas.

    Los pobladores que se quedaron firmaron documentos en los que liberaban de responsabilidad a cualquier autoridad, en caso de que sucediera una erupción y afectara sus propiedades o sus vidas.

    Hoy en día, en La Yerbabuena viven alrededor de 12 familias, unas 50 personas que se dedican a sembrar maíz, café y a la apicultura. Algunos de los pobladores que decidieron irse no han abandonado del todo sus antiguas casas; por lo menos una vez a la semana regresan para atender sus cosechas o a sus animales, porque allá donde los reubicaron no tienen tierra para sembrar. Los que se quedaron ya tienen sus propios planes de evacuación por si el volcán truena.

    No bajaríamos por las rutas de evacuación que tiene el gobierno. Si nos vamos por donde ellos dicen, no salimos, porque es un solo camino y por ahí bajaría la lava. Nos vamos a ir a una zona alta, para el monte”, dice Micaela López.

    Nosotros siempre estamos pendientes de su comportamiento. Cuando veamos que esté más fuerte, nos vamos. Ya sabemos para dónde”, explica Alicia Mejía, de 42 años. Ella nació en un rancho que estaba más arriba de La Yerbabuena. Cuando era niña, dice, la lava del volcán llegó muy cerca del rancho, por lo que sus habitantes emigraron.

    Al volcán no le tenemos miedo, lo respetamos. Ahorita hay gente que viene con sus camiones y le están tumbando todos sus árboles. Lo hacen por allá, del otro lado. Antes lo hacían en el día, ahora lo hacen de noche. Eso si que no nos gusta”, comenta Micaela.

    Los pies del Volcán de Colima no son los únicos que van quedando desnudos por la tala clandestina. Si uno sube al Nevado de Colima —vecino del Volcán de Fuego— encontrará letreros que dicen: “No a la tala”. Investigadores que trabajaron en la cima del Nevado de Toluca, como parte de un proyecto de exploración arqueológica de sus lagunas, escucharon y miraron cómo todos los días subían camiones y bajaban con madera.

    México tiene la mayor diversidad de pinos gracias a sus volcanes. El acervo forestal más importante del centro de México depende de los bosques de la montaña. “Estos volcanes son las que nos dan agua —resalta el arqueólogo Arturo Montero—. El riesgo no es que haga erupción, sino que se le acabe el bosque. Esa sí va a ser una catástrofe que nos va a causar mucho daño. A la eruptiva, le corremos, pero la deforestación es un cáncer”.

     

    Personalidades complicadas

     

    Los volcanes son como los seres humanos: cada uno tiene su propia personalidad, ninguno se parece entre sí. Los hay dormilones, jóvenes, serenos, furiosos, viejos, inquietos. El Popocatépetl, aunque ya no es ningún joven, es bastante inquieto y muy complicado. Este gigante de 5,426 metros de altura nació sobre los restos de otros volcanes. En el lugar donde ahora lo miramos han existido, por lo menos, otros tres volcanes que nacieron, crecieron y colapsaron durante una erupción. Este gigante no siempre se ha llamado así. Antes de 1345 se le conocía como Xalliquehuac.

    Alguien que conoce muy bien al Popocatépetl es Ramón Espinasa Pereña. Durante años lo escaló solo por gusto, por sentir la satisfacción de mirar el mundo desde su cima. “Es el volcán más hermoso del mundo, por lo grande, por lo espectacular”, confiesa. Como investigador, monitoreó la actividad de sus manantiales y estudió su geología. Como subdirector de riesgos geológicos del Cenapred, le ha tocado estudiar sus señales sísmicas y vigilarlo de cerca.

    Si se le pide describir al Popocatépetl lo hace así: “Es un volcán complicado. Emite una gran cantidad de señales sísmicas que lo hacen difícil de interpretar. Cuando pensamos que ya lo estamos entendiendo, hace algo distinto, cambia”.

    Un ejemplo de la personalidad complicada del Popocatépetl: En diciembre del año 2000, cuando se incrementó su actividad, los científicos notaron que tenía periodos de carga de energía y luego la descargaba con una serie de explosiones. Mientras esto sucedía, su domo crecía. Se realizaron gráficas que permitieron estimar en qué momento se presentaría el siguiente periodo de explosiones. Por lo que se mostraba en esas gráficas, decidieron evacuar a la población. Así se hizo. Y sí, ocurrieron explosiones importantes. De acuerdo con las gráficas, el volcán tendría nuevas explosiones. Los días pasaron y estas no se presentaron. La población regresó a las comunidades. Casi un mes después, cuando nadie lo esperaba, se registró una explosión grande que provocó flujos piroclásticos y lahares, es decir, flujos de lodo.

    —Eso les recordó que con los volcanes nada es seguro.

    —Así es, los volcanes hacen lo que les da la gana.

    Cada mes o cada dos meses, Ramón Espinasa se sube al helicóptero que sobrevuela al coloso para fotografiar su cráter y saber cómo va cambiando. Esas imágenes muestran que la actividad eruptiva ha provocado que el cráter se esté rellenando. ¿Qué sigue? Esa es la pregunta que se hace Espinasa. Las posibilidades son varias: podrían presentarse derrames que generarán escurrimientos de lava o podría registrarse una explosión. Imposible saberlo.

    Así son los volcanes de impredecibles.

     

    Secretos volcánicos

     

    Antes de conocer y tratar de entender la vida de los volcanes, Hugo Delgado Granados los caminó y escaló. Con un grupo de montañismo, y después con el equipo de alpinismo de la UNAM, subió el Iztaccíhuatl, el Popocatépetl, estuvo en el Himalaya, los Andes peruanos y el K2.

    En 1978 llegó a la cima del Popocatépetl y entró, a rapel, al interior del cráter. “Fue impresionante ver ese lugar tan lleno de vida”. Las muestras de azufre que recogió, junto con los otros alpinistas, aún se conservan en la colección geológica de la Facultad de Ingeniería.  

    Desde hace varios años se dedica a estudiar, entre otras cosas, las exhalaciones de este gigante y trata de explicar el porqué de su “indigestión”: “Una de las cosas que más llaman la atención de este volcán es cuál es el origen de sus gases. Por qué desgasifica tanto… El Popocatépetl nos ha enseñado que los volcanes pueden tener grandes cantidades de gas sin estar en erupción”, explica.

    Esa es solo una de las cosas que la ciencia aún necesita explicar sobre el Popocatépetl. Otra de las incertidumbres científicas es dónde está su cámara magmática, qué dimensiones tiene, a qué profundidad se encuentra, cómo es su interior. Las mismas preguntas son válidas para otros volcanes, como el de Colima.

    No es nada fácil responder esas dudas, porque aún no hay técnicas ni instrumentos que permitan conocer el interior de un volcán. “Hoy en día es más fácil conocer la superficie lunar que el interior de la Tierra”, dice Mauricio Bretón, del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima.

    Para tratar de responder algunas de estas dudas, investigadores de geofísica y de física de la UNAM tienen en mente hacer una especie de “radiografía” del Popocatépetl, utilizando detectores de muones. Estas partículas se generan por el choque de rayos cósmicos, son muy parecidas a los electrones y tienen la capacidad de traspasar casi todo tipo de materiales. Actualmente, estos detectores se utilizan para hacer la “radiografía” de la pirámide del Sol de Teotihuacán.

     

    Además de las preguntas científicas, Vyacheslav Zobin tiene otras preocupaciones sobre el estudio de los volcanes:

    La duda de siempre es si se tendrá dinero, financiamiento del gobierno federal y estatal, para seguir investigando y responder las dudas que tenemos”.

     

    Tiempo de volcanes

     

    La última gran explosión que tuvo el Popocatépetl y afectó a la población que vivía a sus alrededores ocurrió hace más de 800 años. Los lahares o flujos de lodo que provocó aún se pueden mirar en Cholula. Por supuesto, quien los reconoce es un geólogo, estos científicos que desarrollan una mirada especial para poder “leer” lo que está escrito en las rocas.

    Para un volcán que tiene una edad de cientos de miles de años, 800 años es muy poco. Para nosotros los humanos es mucho tiempo y la memoria histórica es corta. “En 800 años pasan varias generaciones y se olvida que alguna vez sucedió una erupción. Cuando el volcán vuelve a reactivarse y llegamos los científicos a decirles que están en una zona de riesgo, la gente no nos cree. Siempre encontramos personas que dicen que desde tiempos de sus abuelos, el volcán no ha hecho nada”, cuenta Ramón Espinasa.

    Los volcanes tienen su propio tiempo. Nuestro planeta tiene su propio tiempo. Conocerlo, desempolvar la historia que está guardada en las rocas es vital cuando se habla de volcanes, lo recuerda Gabriel Reyes, director del Observatorio de Colima: al conocer su pasado, podemos saber qué van a hacer en el futuro.

    Conocer para prevenir

     

    Varios vulcanólogos del país conocen bien esta historia: poco después de la erupción del Chichón, funcionarios de todos los niveles hablaron de la importancia de monitorear ese y otros volcanes del país. Se compraron algunos sismógrafos. Los que llegaron a Chiapas se guardaron en una bodega durante años. Tanto fue el tiempo que permanecieron en las cajas que cuando los sacaron, algunos ya no funcionaban.

    Fue hasta 2008 cuando se construyó el Centro de Investigación en Gestión de Riesgos y Cambio Climático, que depende de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas; ahí, un pequeño grupo de investigadores, dirigidos por la doctora Silvia Ramos, se encarga de monitorear la sismicidad y geoquímica del volcán Chichón y del Tacaná. Cada mes, ellos envían sus reportes al Cenapred.

    La principal lección que dejó la erupción del Chichón es que no se puede repetir un evento así por falta de atención a los síntomas previos”, dice Silvia Ramos, una mujer que además de impulsar el monitoreo de los volcanes en Chiapas, también empuja la formación de especialistas en Ciencias de la Tierra y en riesgos volcánicos y sísmicos para la región sur del país.

     

    En el edificio municipal de Chapultenango, una de las comunidades más cercanas al Chichón, ya hay un semáforo de alerta volcánica, el cual está a cargo de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.

    Cada 28 de marzo, los investigadores y alumnos de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas llegan al lugar para realizar talleres con los niños sobre vulcanismo, organizan pláticas en las que la gente que sobrevivió a la erupción del Chichón cuenta a los más jóvenes lo que se vivió, lo que sucedió.

    En este periodo de normalidad del volcán, lo que hacemos es trabajo de sensibilización con la población. Que no se olvide lo que pasó”, insiste Silvia Ramos.

    A los alumnos de la licenciatura de Ciencias de la Tierra los llevan al volcán. Suben hasta su cráter. “Si queremos prevenir

    —dice Ramos—, si queremos tener una buena convivencia con los volcanes hay que saber lo que pasa en el interior de la Tierra”.

    Una vez en la cima del Chichón, después de caminar más de tres horas, lo que se escucha es el viento. De vez en cuando llega un olor a azufre. Al sentarse frente a la laguna de tono verde azulado que inunda el cráter y mirar las pequeñas fumarolas que exhala como muestra de su vida, es fácil entender las palabras que utiliza el doctor Miguel Alatorre, para explicar por qué decidió estudiar a estos gigantes:

    —Tienen una gran presencia. Son capaces de tener una gran energía y fuerza y, al mismo tiempo, mucha serenidad. A pesar de lo violentos que pueden ser, son símbolos de serenidad.

    Para entender a estos gigantes hay que conocer su lenguaje, dicen los científicos. Saber lo que sucedió. No olvidar.

     
         
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